jueves, 14 de diciembre de 2017

Los libros y la vida

Uno, como lector, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de esperanzas, con la idea de recolectar su fruto. Asumir ese riesgo es la aventura a la que se está siempre dispuesto a correr cada vez que decidimos leer un libro, confiados en una recompensa final. Cuando el resultado esperado se confirma, entonces el regocijo no es disimulable. Es lo que me acaba de ocurrir con la lectura de este libro, y no reparo en declarar mi gratitud hacia su autor, que hizo posible que así sucediera.

La seducción es un arte, qué duda cabe. Lo sabemos los que acostumbramos a tener siempre un libro entre las manos, los que frecuentamos bibliotecas y librerías y nos dejamos persuadir por esos mundos que otros nos descubren. Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), lector, ensayista, antólogo, novelista, traductor y, desde hace dos años, director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, se caracteriza por eso precisamente, por esa enorme calidez seductora, sinuosa y pujante hacia la lectura, y por ese afán exultante de transmitirnos, como verdadero hombre de letras, su amor irresistible a los libros.

Mientras embalo mi biblioteca (Alianza Editorial, 2017) es un libro nacido al hilo de unas circunstancias personales de traslado de domicilio, con mucha carga de melancolía, que le llevaron a tener que desmontar su oceánica biblioteca, que lucía bien erguida en un antiguo presbiterio en Francia. Se trata de un ensayo envolvente e íntimo, traducido del inglés por Eduardo Hojman, en el que el escritor argentino-canadiense relata todo lo que supuso su biblioteca como recipiente de vida donde reposa el tiempo y su experiencia lectora, en unas circunstancias bien distintas a cómo lo contó en 1931 Walter Benjamin en su breve texto Desembalo mi biblioteca: el arte de coleccionar, en el sentido de reflexionar, mientras sacaba los libros de sus cajas, de los privilegios y compromisos que todo lector deposita en sus estanterías. Dice Manguel que embalar y desembalar son dos caras del mismo impulso, y que sus libros han conseguido conformar a lo largo de su vida bibliotecas esparcidas por diferentes lugares, a modo de autobiografía sucesiva, donde cada libro guarda su chispa del momento en que fue leído.

Lo que ya nos dijo en Una historia de la lectura (1998) de que leer es un poder otorgado al lector con las palabras de otro, para interpretar el mundo, aquí se sostiene igualmente, y se añade lo que subrayaba Kafka en una de sus cartas: “Leemos para hacer preguntas”. Manguel lo mantiene y es persuasivo en ese sentido, hasta el punto de ampliarlo: leer para situarse, para saber cómo y dónde está uno parado, leer para descifrar, además de inquirir.

Este es un libro definido como elegía por su autor, por todo lo que le supuso de dolor abandonar para siempre tierras galas, con ese sentimiento de desamparo, de horror vacui de no poder disfrutar del lugar en el que se había instalado su monumental biblioteca, que tanto tiempo le había llevado reunir, y cuyos libros se amontonaban en cajas bajo sus pies. A pesar de ello, para consuelo suyo, esta circunstancia pondrá más en énfasis su propia sabiduría para animarnos a todos a darnos cuenta de que el verdadero centro de la vida literaria está en la disposición de leer, como actitud mental y solitaria, más allá de donde esté depositado todo libro. Además de esto, hace un repaso por aquellas referencias literarias que significaron su despertar entusiasta por los libros y que insuflaron su pulsión lectora imparable.

Se podría afirmar que Manguel trajo en vena el alma de las bibliotecas. Su madre trabajaba como secretaria en una de ellas. De muy niño se trasladó a Israel al ser nombrado embajador su padre y allí tuvo sus primeros escarceos con la literatura de la mano de su niñera, una joven letrada checoslovaca que le enseñaba canciones y poemas de Schiller y Goethe. Después, al regresar a Argentina, continuaría con más descubrimientos literarios. Las mil y una noches fue uno de sus libros de cabecera. Con apenas dieciséis años empezó a trabajar en Buenos Aires en la librería Pigmalión, y allí se aficionó a leer a los autores anglosajones. Los clientes de la librería eran todos los grandes escritores argentinos del momento. Bioy Casares le recomendó leer a Conrad. Después llegaría Borges que le despertó la curiosidad por Kipling, Stevenson y Henry James.

Los libros siempre han conversado conmigo –dice– y me han enseñado muchas cosas tiempo antes de que esas cosas entraran materialmente en mi vida, y los volúmenes físicos han sido para mí algo muy similar a criaturas vivientes que comparten mi cama y mi mesa.”

Mientras embalo mi biblioteca es un hermoso conjuro literario, un homenaje a las bibliotecas, una declaración de amor y un sincero manifiesto que reivindica la necesidad de ellas. Manguel es un erudito prestigioso de la literatura, un gurú de la lectura que nos devuelve la fe en el poder, misterio y deleite del mundo de los libros.


lunes, 11 de diciembre de 2017

El amor o el deseo de saberlo todo

Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), poeta, traductora, ensayista y narradora, ha dedicado gran parte de su quehacer literario a escribir acerca del amor y sus fantasías. Desde 1974 reside en España, donde ha publicado casi la totalidad de su obra. Entre sus novelas destacan La nave de los locos (1984) y El amor es una droga dura (1999); en la narrativa breve sobresalen sus obras más recientes: Habitaciones privadas (2012) y Los amores equivocados (2015); en el registro de no-ficción, y bajo un título entrañable, destaca Julio Cortázar y Cris, un testimonio íntimo pletórico de literatura y vida. Pero si hay un lugar preponderante en su trayectoria literaria, donde el amor irrumpe con más pasión y fuerza, tenemos que referirnos a su poesía. Con Evohé (1971), su primer poemario, inicia su periplo erótico. Después vendrán otros títulos trascendentales como Babel bárbara (1992) y Otra vez Eros (1994). Con Estrategias del deseo (2004), quizás su mejor libro de poesía, el erotismo irrumpe con más fuerza que nunca, como pulsión de vida y muerte, como pájaro que huye, como fantasma frenético que esconde muchos otros rostros.

El amor es cuestión de palabras y deseos, nos dice la escritora uruguaya en su última novela. Bajo esa dinámica, cada uno de los personajes que viven dentro de Todo lo que no te pude decir (Menoscuarto, 2017) acopla, a su manera, el relato por donde fluye ese caudal de deseo, pasión, sexo y desenfreno de sus vidas amorosas. El poder y su perfidia, la posesión, la fantasía más íntima y sus secretos también estarán presentes bajo un denominador común a todos: lo indecible. Lo que no se nombra, lo callado, existe igual de vivo en el pensamiento de todos ellos. Peri Rossi vuelve a su escenario favorito: el recinto del amor, de la pasión y del sexo. No hay amor sin relato, y esta estupenda novela se ocupa de ensamblar las diferentes historias cruzadas de amor y de dependencia que aparecen en cada uno de sus capítulos, en una sucesión tácita de confidencias compartidas.

Cada personaje que encontramos, como Suárez, el joven cuidador de un zoo, Silvia, una prostituta enigmática y culta, o el comisario Fonseca, son seres solitarios, sensibles y desvalidos que apuran sus necesidades entre el silencio y el secreto de sus vidas, entre la ternura y las perversiones, entre el goce y el vacío de sus relaciones intermitentes. En todos, el deseo sexual habla por sí mismo, sin medrar, como pulsión y reafirmación de la vida. Todos desafían constantemente su estado sentimental precario y buscan complementarse de algún modo. Claudia, otro de los personajes, confiesa que amó a Suárez por ser diferente, en cambio a Silvia esa diferencia la condujo al extrañamiento del exilio, y Fonseca, por otro lado, sostiene que si las mujeres supieran las fantasías que pasan por la cabeza de los hombres, nunca se animarían a tener ninguna relación con ellos.

Por la novela transcurren múltiples referentes culturales y mitológicos procedentes de la pintura, el cine, la música y la literatura, como la película de King Kong, El rapto de Proserpina, el poema de Curtius La muerte y la doncella, al que el pintor Schiele consagró en un cuadro, que inspiró a Schubert para componer un cuarteto, y que Polanski llevó más tarde al cine, o la evocación de uno de los libros del poeta italiano Gabrielle D'Annunzio, que pone título a uno de los capítulos del libro, en el que se cuenta el amor incendiario en plena juventud de uno de sus personajes bajo los compases de La Traviata.

Todo lo que no te pude decir es, en buena medida, un relato transgresor que levanta la barrera de lo privado e invita al lector a cruzarla, una novela, por otro lado, que intenta descifrar las fronteras que separan los territorios por donde se desenvuelve la vida íntima de los personajes que la habitan, gente ávida de deseos, seres muy necesitados de afectos que esconden sus miedos y recelos, y que aspiran a saberlo todo acerca del otro. “Los recuerdos queman”, dice uno de ellos. “Para amarse –continúa– quizás sea mejor contarse las fantasías, y no los recuerdos”. “Las fantasías dan celos”, le contesta el otro. Lo raro para todos ellos es renunciar a esa primera persona del singular, fingir que son otros, idealizar lo perdido sin renunciar a desearlo de nuevo. “Hay secretos tan íntimos que son inconfesables y se necesitaría tanto tiempo para explicarlos, tantas palabras, que perderían parte de su encanto” (Suárez dixit).

Con una prosa cuidada y llena de engarces, Cristina Peri Rossi ha escrito una buena novela, armada bajo una apariencia de relatos independientes, pero que se van interconectando hábilmente entre sí, desde un comienzo, que no es otro que una indagación policial, hasta convertirse en una fabulación intensa y adictiva que se adentra en la soledad y en los conflictos pasionales. La esencia de lo que transcurre en esta obra está en los dilemas que se van planteando y que sirven a la autora para mostrar lo extraño y lo complejo de toda relación de pareja.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Palabras contadas

La vida, como la poesía, es lenguaje. No hay discurso ni mirada sobre el mundo que no pase por la reflexión en torno al lenguaje y a sus posibilidades. La prosa de la vida, dice Karmelo C. Iribarren, está llena de poesía. Pero no hay que olvidar que la poesía permanentemente es una meta en sí misma, elabora discursos con sus propias dudas y asombros. Ser poeta no significa escribir en verso, ni siquiera el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía. La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo, como subraya el escritor argentino Abelardo Castillo.

La esencia nuclear de Ciento noventa espejos (Hiperión, 2017), el nuevo libro de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954), es poética. Sus textos recogen ese espíritu dicho por el poeta donostiarra y revierte, a su vez, ese matiz sustancial que apunta el narrador sudamericano sobre la poesía como forma de vida y como manera de estar en el mundo. En Orquesta de desaparecidos (2015), su anterior publicación, escrita igualmente en prosa, la brevedad de sus textos prosiguen la senda marcada que ya se inició con Los hombres intermitentes (2006), y en ella se dice que “la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta la conciencia”.

Irazoki, que reside en París desde 1993, y allí ha compaginado su vocación poética con la continuidad de sus estudios musicales y la crítica literaria, proyecta este otro libro respondiendo a esa conciencia poética que lleva siempre consigo. Cada una de estas piezas escritas en prosa posee una métrica, un ritmo y una secreta poesía que logra convertirse en poema. Él los llama “sonetos en prosa”. Estos espejos suyos, o mejor, estas composiciones literarias, a modo de bitácora, que van desde 2009 hasta 2016, son paseos por los goces de la vida diaria, como se dice al principio del último texto, una gira alrededor de sus momentos vividos: crónicas, recuerdos, viajes, lecturas, toques musicales, deleites culinarios y contactos con artistas de muchos lugares. Casi un centenar de textos bajo un mismo molde formal de no rebasar ciento noventa palabras, una experiencia creativa nacida cuando comenzó a escribir su columna Radio París en El Cultural del diario El Mundo, y que daría origen a la concepción de este libro.

Estos textos breves reunidos conforman un verdadero y aquilatado libro, bruñido con una prosa sencilla y honda, que despliega la personalidad y la actitud serena de quien los firma: un hombre agradecido de vivir una existencia dedicada a la literatura, a la música y al cultivo de la amistad, un hombre acogedor, dispuesto siempre a dar compañía, que le gusta la conversación y que necesita saber cómo les va la vida a sus amigos.

Leyendo estos pasajes, uno se atreve a subrayar que la poesía está tan dentro como fuera de la estructura de un poema, que la conciencia o la percepción del mundo también destila poesía, y que no es necesario gritar ni sentenciar para que se alumbre un poema. Por estos espejos transita un hombre al que le gusta oponerse a las multitudes que silencian al individuo, un hombre que celebra a los diferentes que se apartan de todo resentimiento y griterío, un hombre que cuando era joven le gustaba manifestar que la calidad de las ideas políticas tienen su medida en el respeto a las contrarias, y que ahora, de mayor, le gusta pensar que el método más valioso para sopesar dicha calidad, está en comprobar la compatibilidad de esa ideología con el sentido del humor.

En Ciento noventa espejos hay un alma evocadora de vivencias, de recuerdos, de gratitudes, de detalles y de pasajes sobre el jazz, el rock, el blues, el flamenco, sobre artistas desobedientes y escritores ágiles, sobre las enseñanzas de los viajes y sus matices, sobre hallazgos literarios y también, sobre la tentación y el deleite de los fogones.

Los textos de Irazoki tienen esa capacidad de aproximarse al lector gracias a su esencialidad y hondura, a sus observaciones y predisposición para el aprendizaje y el goce. Uno se puede instruir en los pasillos y salas de espera de un hospital y salir después a la calle dispuesto a retener lo aprendido, como “envejecer sentado en un refugio de preguntas”, pero, lo mejor de todo, dice el poeta, es “el goce de no tener tiempo para el odio”.

Este es un libro gozoso y nada hiriente que refleja un estado de ánimo, el de su creador, lleno de matices, semblanzas, miradas y palabras contadas; un libro hermoso que deambula desde el conocimiento de lo propio a lo ajeno, un conocimiento honesto y positivo que consiste en hacer del fondo de la vida un interrogante y una estética moral comprometida.

jueves, 30 de noviembre de 2017

La fragilidad de la vida

En la solapa de La vegetariana (:Rata_, 2017) se dice que hay que leer este libro de Han Kang (Seúl, 1965) porque habla del cuerpo como último reducto de libertad, porque, además, habla de la fragilidad de la vida, pero también de los miedos y de los tabúes que nos rodean; que hay que leerlo porque se habla del coste que supone intentar cambiar lo preestablecido, y no digamos cuando se trata de cambiar uno mismo.

La vida consiste, precisamente, en ese sentimiento de fragilidad que nos acompaña al que no le es ajeno el paso del tiempo, el cambio de perspectiva, la alteración de lo que nos rodea o la transformación de nosotros mismos. La literatura siempre se pregunta por el valor de la vida. No leemos porque queramos escapar del mundo, ni para sustituirlo por otro, aunque nos lo pida el cuerpo, hecho a la medida de nuestros deseos, sino para ser, sencillamente, más reales.

No hay libro, ni vida de nadie que cuente solo una historia. En La Vegetariana se cuentan varias historias que tienen como artífices a los narradores que cuentan la vida de Yeonghye: su marido, su cuñado y su hermana, tres seres tristes y desvalijados, absolutamente interdependientes y equidistantes, a su vez, con lo que significa combatir frente a lo establecido. En cambio, Yeonghye representa la antítesis de todos ellos: una persona rompedora, rebelde y en soledad continua que busca su verdad y consuelo. Yeonghye es una mujer corriente, insulsa y apenas atractiva para su marido, con la única rareza de no llevar sujetador y que, de la noche a la mañana, despierta con la determinación de no volver a comer nunca más ningún animal y convertirse así en vegetariana.

En La vegetariana el cuerpo es la palabra reconducida por la voluntad de su protagonista. El cuerpo como andamiaje necesario para contradecir los hábitos de los demás. El detonante de la historia de la joven Yeonghye son las pesadillas que padece a diario, que darán un revés a su mundo, desafiando, inevitablemente, la costumbre aceptada en cualquier hogar para disgusto de su marido y demás familiares. Su negación a alimentarse de la forma establecida y su mudez prolongada agudizarán las desavenencias con todos ellos, que no cesan de hostigarla para que deponga su actitud.

La literatura trata constantemente de descifrar esas fronteras que marcan los territorios mentales de los personajes que la transitan, así como los territorios históricos, emocionales, vitales e íntimos que les atan o les impelen a saltárselos. En esta novela, Kang no elude ese envite. Su libro, además, es una reflexión moral en torno a una historia conmovedora que desvela hasta qué punto la voluntad de una persona es capaz de sobreponerse con dignidad y orgullo al escarnio familiar. La vida familiar que soporta la protagonista no solo es una continua intromisión en su vida privada, sino, además, un constante desasosiego.

Gabi Martínez, en su esclarecedor prólogo del libro, opina que habría que entender el contexto social en que Han Kang escribió la novela como una secreta intención de desvelar el “ultrapatriarcado” imperante en Corea: “El arrinconamiento de las mujeres es una evidencia, y por eso el chamanismo aún triunfa en la península: la mayoría de chamanes son mujeres que, cuando los espíritus las poseen, pueden saltarse un rato las normas mientras cantan las cuarenta a los opresores masculinos.” Este libro, más allá de esta objeción particular, lo que muestra mayormente es que no hay nada más portentoso para superar los atavismos y los apegos culturales que confiar en la fuerza interior de cada uno para querer deshacerse de ellos. Su autora insiste en que, más que reflejar la sociedad coreana, su libro tiene una proyección universal acerca de la violencia soterrada y de los comportamientos impuestos al individuo en nombre del bien común.

Por otro lado, la traductora del libro, Sunme Yoon, confiesa al final del mismo que en ese papel de encarnar al autor que conlleva la tarea de toda traducción, no pudo desconectar como lectora de la dureza del texto y tuvo que convivir todo el tiempo con el dolor que el relato irradiaba. Y es que de la lectura de La vegetariana no se sale indemne, sino trastocado. Esta es una novela que, si intentamos imaginar en qué podríamos convertirnos o en qué consiste ser otra persona, con tanta gente impidiéndolo por la fuerza, ¿lo soportaríamos, o desistiríamos? Esta pregunta aboca al lector a una disyuntiva que le es imposible dejar pasar sin tomar un partido u otro, a pesar de su complejidad.

La vegetariana no es precisamente una lectura para escapar del mundo, ni mucho menos para sustituirlo por el que se relata en sus páginas; es una lectura para sentirse más real y próximo a la vida de su protagonista. La lectura de este libro se convierte en una áspera experiencia, pero hay que decir que el reino del lector no es el reino de la identidad y empatía, sino el de la metamorfosis.

La buena literatura, digámoslo bien alto, siempre nos interpela sobre el sentido de la vida, y lo hace aún más cuando se trata de historias heroicas y perturbadoras como esta, tan rotunda, kafkiana y sorprendente.


domingo, 26 de noviembre de 2017

Elogio de la lectura

Los que no leen, dice Ramón Eder, ignoran lo que se pierden. El lector que descubre un buen libro acaba contagiándose del germen propicio para seguir en la senda de buscar otros. Todo lo que se necesita para leer es más el deseo que el tener tiempo. Sin esa dosis de interés, de curiosidad y de entusiasmo, que nadie se piense que el tesoro oculto de un libro aparecerá delante de sus ojos por arte de birlibirloque. Hay que ponerse en ruta leyendo de forma atrevida, dejándose seducir por lo que los propios libros hablan de los otros libros, probando, dejándose llevar sin prejuicios, incluso como si se tratara de un botiquín de primeros auxilios. Leer, en palabras de Juan Villoro, es como el paracaidismo: en situaciones normales solo unos espíritus arriesgados lo practican, pero en una emergencia le salvan la vida a cualquiera.

Para Antonio Basanta (Madrid, 1953), doctor en Literatura Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, articulista, conferenciante y autor de muchos libros dirigidos a fomentar la afición a la lectura, “leer es siempre un traslado, un viaje, un irse para encontrarse.” Para un entusiasta propagador de la lectura, como él, que ha dedicado gran parte de su vida a esa encomiable vocación pedagógica, su nuevo libro, Leer contra la nada (Siruela, 2017) es otra oportunidad para que siga manifestando que los libros son una fiesta y un laboratorio de la experiencia. Leer, subraya, es interpretar, tejer, surcar, elegir y, especialmente, una forma de emancipación. Todos los que somos partícipes de esta aventura, y muchos que llevan décadas sin bajarse de su locomotora, celebramos este diagnóstico. Es verdad que nunca se termina de aprender a leer. Aceptar esta afirmación que Basanta resalta no es más que asumir que en esa verdad se encuentra el atractivo de leer ininterrumpidamente. Su libro, además, es una declaración en toda regla de gratitud entusiasta a los libros que ha leído y a lo que ha significado en su vida el ejercicio de la lectura.

Por estas páginas reflexivas, llenas de guiños literarios y también de frases felices, a modo de aforismos, Basanta despliega buena parte de su experiencia lectora, mostrando un amplio abanico de fragmentos de libros y citas de autores para propagar lo que se dice acerca del verbo leer y avivar su radiación. Somos memoria y lenguaje, nos viene a decir. El libro es, sobre todo, el recipiente donde reposa el tiempo. Por aquí asoman pensamientos de escritores que resaltan el valor y la importancia del discurrir de los libros a través de su inmersión lectora. Kafka, por ejemplo, dice que “leer es siempre una expedición a la verdad”; Proust, por otro lado, acude al recuerdo de su niñez y señala que “quizá no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creíamos dejar sin vivir, aquellos que pasamos con un libro preferido”; C. S. Lewis, autor de La experiencia de leer (Alba, 2001), responde a la pregunta de uno de sus alumnos sobre por qué leemos, afirmando que lo hacemos “para saber que no estamos solos”.

Son muchos los pasajes señalados en este libro que hablan de esa experiencia tan excepcional, múltiple y seductora que significa leer. Y es que, como señala Paul Auster en su novela Brooklyn Follies (Anagrama, 2006), “cuando una persona es lo bastante afortunada como para vivir dentro de una historia, y más si es una historia literaria, no hay pena de este mundo que no desaparezca.” Somos consumidores insaciables de emociones, y la literatura es esa gran alacena que nos aguarda siempre para tomar lo que necesitemos o se nos antoje.

La idea que recorre este emotivo e insinuante libro no es ofrecer un texto de autoayuda, ni nada que se le parezca, sino airear una auténtica confesión de gratitud hacia los libros leídos, un elogio de la lectura como vehículo y canal próximos para aplacar esa incesante sed de consuelo y compañía que tanto demandamos. “Quien lee –subraya Basanta– no está haciendo algo; se está haciendo alguien.”

Leer contra la nada es un libro que resalta la lectura como función vital, más allá de su función meramente cultural, un hermoso ensayo que tiene un destinatario múltiple: vale para quien lee moderadamente, o para quien lo hace de higos a brevas, pero también para quien lee mucho. El lector ideal de este libro es, por tanto, aquel que siente curiosidad por conocer en otra piel el goce, las reacciones y los efectos colaterales que el verbo leer produce en uno mismo y compararlo con la experiencia ajena, un diálogo interior compartido y conjugado en modo gerundio: leyendo.

Nunca se lee lo bastante. Vale la pena hacerlo, como dejó bien dicho el escritor argentino Bioy Casares: “porque los libros ocultan países maravillosos que ignoramos, contienen experiencias que no hemos vivido jamás. Uno es indudablemente más rico después de una buena lectura”, y eso, añado, es una recompensa impagable.


lunes, 20 de noviembre de 2017

La voz de los clásicos

Quien se ha pasado la vida leyendo a los clásicos, antiguos y modernos, ha vivido bajo el signo de la relectura, que está implícita, se la haga o no, en toda literatura que se precie. Los clásicos, como dejó escrito Italo Calvino, son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra y, tras de sí, la senda histórica que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. La lectura de un clásico, según sus palabras, debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que nos habíamos hecho de él.

No es posible concebir ninguna forma de enseñanza sin los clásicos, escribe Nuccio Ordine (Diamante, Italia, 1958) en su admirable manifiesto La utilidad de lo inútil (2013). Solo, según sus apasionadas y atentas palabras, el encuentro con un clásico y, desde luego, con un buen profesor, podrá cambiar de verdad la vida de un estudiante o de un lector aplicado. A este respecto, el psicoanalista Massimo Recalcati en su ensayo En la hora de clase (2016) apunta que el valor fundamental del maestro está en proveer al estudiante de esa curiosidad por los clásicos a través de ese estilo particular que lo distingue. Y ese estilo, cuando contagia, es el procedimiento eficaz que el buen docente aplica para dictar lo que enseña al interés y al deseo de saber de la clase.

En su nuevo libro, Clásicos para la vida (Acantilado, 2017), bajo la traducción impecable de Jordi Bayod, Ordine establece, precisamente, una relación muy estrecha entre la voz de los clásicos y quien incita a leerlos, el profesor. El maestro siempre aprende al mismo tiempo que enseña, viene a decirnos. Hoy en día, el poseer bienes materiales ocupa una excesiva preocupación en nuestro entorno, y la escuela no es ajena a ello. Por eso, advierte, conviene dar la voz directamente a los clásicos, escucharlos y experimentar lo que estos grandes escritores nos interpelan, para atenuar esa incesante pulsión de acaparar riquezas. El mundo es, por supuesto, una escuela de indagación y “lo importante –como decía Montaigne– no es quién llegará a la meta, sino quién efectuará las más bellas carreras.”

Clásicos para la vida es una extensión ensayística a La utilidad de lo inútil sobre el poder de la literatura, sobre libros necesarios y relevantes, a modo de “una pequeña biblioteca ideal”, como así reza el subtítulo que Ordine fija en su obra para delimitar su trabajo. Lo constituyen cincuenta microensayos que remiten a los textos que anteriormente fueron publicados en el suplemento semanal del periódico italiano Corriere della Sera, entre septiembre de 2014 y agosto de 2015 en su columna ContraVerso, breves citas de clásicos, poetas, novelistas o ensayistas destinadas a subrayar un tema a través de la lectura de un fragmento de la obra destacada de cada uno de ellos. Como apunta el propio autor al principio, este libro nace del interés de homenajear a los clásicos, pero también para incitar la curiosidad del lector “hasta empujarlo a afrontar la lectura de una obra en su integridad”. Por tanto, estamos ante un manual de literatura que se aleja de la mera divulgación y de establecer un canon literario. Más bien pretende ser un regreso a los clásicos como necesidad. A pesar de la brevedad de sus piezas, el interés del texto escogido lleva su intencionalidad, que no es otra que despertar la curiosidad, llamar la atención del lector distraído en otros quehaceres consumistas y buscar su complicidad, para hacer posible que este ponga rumbo a una mejor compañía.

El interés del profesor Ordine y su implicación con los clásicos, omnipresente en el libro, citando a autores como Homero, Platón, Giordano Bruno, Rabelais, Goethe, Cervantes, Dickens, Borges, Yourcenar, Cavafis, Pessoa..., hasta llegar a medio centenar de ellos, aspira a elevarse, pero su vuelo, intencionadamente, es raso, porque desea tocar la realidad de la vida sin grandilocuencia. Su verdadero interés no es otro que poner un cebo, una piedra de toque, para que el lector sopese y reflexione sobre la conveniencia de leer por completo alguna de las obras señaladas en cada pasaje.

Solo se puede leer para iluminarse uno mismo, constataba Harold Bloom admirablemente: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más. El libro de Ordine apela a ello, a leer en virtud de muchos propósitos y para obtener copiosos beneficios. Su apuesta va dirigida a inducirnos a una lectura activa a través de los clásicos, lo que nos llevará al cultivo de nuestra conciencia individual y al más elevado goce, algo reservado, para aquellos que lo intenten confiados y sin prejuicios.

Hay muchas maneras de leer bien y en todas está implicada nuestra atenta receptividad. El crítico, el ensayista o el profesor deben estar al servicio de mostrar y, al tiempo, propiciar la buena lectura para que llegue como reclamo a su destinatario. Hacia esa dirección se encamina este libro, poniendo luz y taquígrafos a la voz juiciosa de los clásicos.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Entusiasmos literarios

Todos los que amamos los libros sabemos que no leemos para tratar de ser más virtuosos, ni para ser mejores personas, sino para ser más, o, si me apuráis, para ser de otra forma. O sea, que al leer un libro lo que esperamos encontrar en él es nuestra propia vida, aunque sepamos que solo sea una aspiración, un sueño o un arrebato. Aún más, no queremos tener una sola vida, sino muchas otras. En suma, sabemos que los libros, veladamente, hablan de nuestros propios deseos y anhelos.

Bajo el insinuante título de La utilidad del deseo (Anagrama, 2017), Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) aglutina un compendio de ensayos y conferencias llevados a cabo en los últimos quince años, donde viene a subrayar el amor y el destino que los libros le depararon y marcaron a lo largo de su vida, en sus dos vertientes: tanto como lector, como escritor. En los prolegómenos del libro se dice que quien lee también dialoga mentalmente con el autor, consigo mismo y con un tercero al que quiere transmitir sus impresiones y hallazgos: la lectura pide compañía. De hecho, es lo que encontramos a lo largo de las páginas del libro, mucha compañía. Para Juan Villoro, ensayista tardío, según él mismo se autodenomina, la reflexión en torno a la literatura le viene como consecuencia de su larga trayectoria como lector y escritor. Esto es en sí mismo un ejercicio de rastreo, de autoconocimiento, un sesgo autobiográfico, conforme vamos descubriendo las lecturas examinadas a lo largo del volumen.

En ese sentido, por los textos que se recopilan aquí desfilan una distinguida tropa de artistas con mucha artillería literaria. Son textos que abordan, además del entusiasmo y del apasionamiento que le profesa el autor a la literatura, una serie de reflexiones basadas en libros escritos por gente a la que admira, nombres propios que le inyectaron esa tinta venenosa de las páginas impresas, imposible de soslayar. En torno a este elenco de figuras de las letras, Villoro pondrá a nuestro alcance una minuciosa exposición de motivos, detalles y hallazgos encontrados en las obras de distinguidos autores, como Daniel Defoe, del que desvela con precisión que en su libro más importante “el náufrago escribe para corregir su vida”. “Hay libros que uno se llevaría a una isla desierta y libros que existen como una isla desierta, con Robinson Crusoe a la cabeza”, añade.

Sobre la literatura rusa del siglo XIX se centra con especial atención en la perplejidad que le suscita Gógol y en la profundidad y el frenesí que concita la escritura de Dostoievski, de quien dice que lo que retrata el autor de Crimen y Castigo no es la locura de la mente, sino la locura de la vida. Siguiendo con esa orilla europea de autores escogidos para la reflexión, se detiene en dos escritores austriacos de culto, menos conocidos por el gran público, como el pensador y aforista Karl Kraus, maestro del cálculo en la frase, atento a entregar solo lo que merece ser subrayado, o como Peter Handke, autor del que, como bien dice Villoro, es un gran indagador de la verdad mediante los recursos del relato reflexivo.

En otra parte del libro, La orilla latinoamericana, Villoro revisita a López Velarde, escritor paisano suyo, poeta de lo privado, que siempre abogó por la literatura como afirmación de la vida. También aparece en este apartado la correspondencia entre Onetti, Cortázar y Puig, tres grandes narradores que frecuentaron la relación epistolar como forma de perpetuar la necesidad del monólogo y la espera de respuestas.

Después habla de la formación del cronista a través del análisis de Crónica de una muerte anunciada. Nos dice Villoro que en el secreto desvelado y en el suspense narrativo de esta novela de García Márquez gravita la importancia de esta obra maestra: saberlo contar de esa manera, manteniendo su clímax es una cota al alcance de los elegidos. A su paisano Jorge Ibargüengoitia, que admira profundamente, le dedica gran parte de sus mejores elogios, fiel a esa estética del desenfado que tanto admiró en el autor de Dos crímenes. Finaliza esta parte con un capítulo dedicado a Carlos Monsiváis, un autor que escribe, según él, desde la información, “explorando el valor narrativo de los datos”, sin olvidarse de la risa y la caricatura, de la ironía y del dislate para disfrute del lector.

En la parte final del libro, el autor se detiene en la literatura infantil dejando claro que no se escribe para niños porque se tenga algo que enseñar, sino porque se pretende contar algo que estimule al lector a aprender por su propia cuenta. El juego de palabras, como se aprecia, por ejemplo, en Alicia en el país de las maravillas, es la clave de la narrativa infantil: usarlo con sentido común, apunta Villoro, dará pie a que el hechizo se produzca.

La literatura no se enseña, se contagia, y en este libro hay mucha intención de contagiarnos ese entusiasmo sobre esta cita que a Vila-Matas le gusta tanto referir: se escribe, como diría Julien Gracq, porque otros antes que nosotros han escrito, y se lee porque otros antes que nosotros han leído.

La utilidad del deseo es un libro jugoso, lúcido e importante, un itinerario sagaz y persuasivo que desvela en gran medida los linderos por donde transcurre la propia concepción literaria que ha ido encarnando Juan Villoro. Son los libros que ha leído los que nos hablan de él.


jueves, 9 de noviembre de 2017

El halo de la escritura

Cada libro lleva el alma de quien lo escribió y, en gran medida, de quien lo publicó. La editorial Fórcola acaba de lanzar el mes pasado una segunda edición revisada de Clarice Lispector. La náusea lieteraria, que revitaliza su primera publicación de 2013, aprovechando el cuadragésimo aniversario de la muerte de la autora de Agua Viva. En este ensayo intenso y riguroso, que estudia en profundidad la narrativa y el sentir existencial de la obra de Clarice Lispector, la investigadora Carolina Hernández Terrazas (México, D.F., 1978) ha volcado su espíritu, poniendo todo su afán en examinar los entresijos del universo literario de esta escritora de culto para acercarnos, a la vez, a su condición femenina, a sus raíces judías, a las dudas vitales que siempre llevó consigo misma y a su permanente relación con ese vivir exigente de sortear el tedio y la náusea interior que tanto le habían absorbido durante su existencia y que no cesó de plasmar de forma palmaria unas veces, otras de forma velada, en su extensa obra.

En el prólogo del libro, la profesora titular de literatura portuguesa de la Universidad de Barcelona, Elena Losada Soler, incide sobre la vertiente existencialista de la vida y obra de Lispector y nos desvela que el libro de Carolina Hernández, nacido como tesis doctoral se ha convertido en un “ensayo completo y complejo”, motivado, entre otras razones, por el resultado de un trabajo intelectual bien documentado, tratado con rigor y emoción, siendo el primer estudio relevante publicado en España sobre la escritora brasileña.

Lispector falleció el día 9 de diciembre de 1977. Sobre su lápida quedó sellada una de sus grandes aspiraciones: “Darle la mano a alguien fue lo que siempre esperé de la alegría”. Antes de que este epitafio fuese fijado, la vida de Clarice tuvo un trasiego penoso de huida y largo recorrido. Nació en Ucrania, aunque nunca se consideró de aquella región rusa y nunca pisó su suelo. En 1920, su familia, de origen judío, huía del hambre y de la violencia desatada de los pogromos que se produjeron en medio de la guerra civil y del desasosiego extendido por la revolución bolchevique de 1917, con destino a América. Su infancia transcurrió en Recife, donde sus padres se instalaron cuando tenía dos meses, aunque pasó la mayor parte de su vida en Rio de Janeiro, aparte de los periodos pasados en el extranjero, al seguir los destinos diplomáticos de su marido. En la ciudad pernambucana leyó todo cuanto cayó en su mano. A los veintitrés años publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, y ya no paró de escribir hasta sus últimos días.

Hernández Terrazas indaga en la vida de Lispector y, sobre todo, acude a la mejor fuente de respuestas: su obra. Y para ello, primeramente, como nos aclara en la introducción, acude a esos momentos asombrosos y reveladores tan presentes en Agua viva, uno de sus libros más significativos. Es en la epifanía del instante, subraya la ensayista, donde el mundo se revela tal cual es: “Clarice Lispector toma ese instante, lo manipula desde un fundamento de existencia y lo expulsa después de pasar por el proceso de la náusea a través del lenguaje”.

Más adelante, a través de un análisis pormenorizado de su producción literaria, nos desvela secretos y perspectivas, deteniéndose, especialmente, en otros de sus libros más destacados como La pasión según G.H., La hora de la estrella, Un soplo de vida y, desde luego, en sus reveladores y fascinantes cuentos. Conforme vamos avanzando en la lectura de su estudio, se alcanza a vislumbrar que se trata de una autora casi inabarcable, que invita a volver una y otra vez a visitar su obra para una mayor comprensión de su legado literario, fiel reflejo de su sensibilidad angustiada por el hecho de no saber por qué vive. Nos dice la ensayista, gracias a la exploración de sus textos, así como a los testimonios escritos por otros estudiosos sobre la misma, que nos encontramos ante una escritora introspectiva, “autora de silencios”, “de libros que son gritos de existencia”.

El tedio, el aburrimiento y la náusea son constantemente aludidos en su poética del hastío. Este asedio permanente hace que Clarice Lispector plasme en su escritura esa otredad nacida de ese apremiante estado de ánimo inconformista que actúa y vive con esa cierta pasión de dolor por el mero hecho de existir. Y es ahí, como apunta Carolina Hernández, en esa náusea física y metafísica, donde encuentra su finalidad ese existencialismo literario de Lispector, devolviendo su dignidad al lenguaje. Al fin y al cabo, como bien dejó dicho su admirado Sartre, “pensamos en palabras”.

Cuando cae en tus manos un libro indagatorio sobre el halo de la escritura de alguien a quien admiras, tan bien estructurado, tan intenso, pese a su brevedad, y tan apasionado como este, uno se atreve a proclamar con emoción y sin ambages lo que acaba de leer: una estupenda biografía literaria e intelectual de una de las más singulares representantes de las letras brasileñas.

Este libro pertenece, por tanto, a esa estirpe de obras escritas con pasión y rigor que animan a seguir leyendo ensayos, un género precursor de la curiosidad, del análisis y del subrayado que a no pocos lectores nos cautiva tanto.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Biografía intelectual

Una de las mejores experiencias a compartir por la mayoría de los lectores es, sin duda, el descubrimiento de un libro que le haya permitido, como ningún otro, una exploración de sí mismo y del mundo de una manera íntima y singular. En ese sentido, para algunos de ellos, ese libro puede ser un clásico reconocido, como diría Alberto Manguel. Pero, a veces, también ocurre lo mismo con un texto menos conocido, tan apto y cualificado para ello como los ya consabidos clásicos, capaz de producir ese eco profundo y gozoso que todo lector exigente persigue.

Podríamos decir que el libro que traemos a este espacio contiene esas resonancias que tanto anhela el lector entusiasta. Homo poeticus (Acantilado, 2017) es una colección sorprendente de ensayos literarios y entrevistas, un volumen hermosamente editado, bajo la traducción impecable de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek, escrito con la sagacidad y persuasión de una de las voces literarias europeas más interesantes del pasado siglo, Danilo Kiš (Subótica, Serbia, 1935 – París, 1989), un escritor comprometido con la literatura y con su tiempo que siempre estuvo atento a los avatares de su tierra natal, una nación atizada por la amenaza continua de desintegración durante un periodo negro y convulso de identidad y de nacionalismos emergentes, y que tanto dolor y muerte produjera en la ya desmembrada Yugoslavia.

La mayoría de estos ensayos fueron publicados entre 1960 y 1970. Pese a ello, su vigencia literaria e intelectual es de mucha actualidad, sobre todo referidos al discurso ético de la escritura, sin menoscabo de que algunas posturas y formulaciones pudieran parecer contradictorias, menos audaces y más discutibles respecto al momento de su aparición. Para Kiš, según él mismo advierte en el prólogo del libro, “estos textos hay que considerarlos como una suerte de piel de serpiente de la que me he librado, entre convulsiones”.

Verdaderamente, el dilema que impregna todo este libro viene determinado por la contradicción entre el homo politicus y el homo poeticus, dos roles que conforman el sentir y el estar de la vida intelectual y de la experiencia personal de este gran escritor serbocroata. La literatura, la poesía, para él, en sus propias palabras, no es más que “un dique contra la barbarie y, aunque la poesía quizá no amansa las fieras, al menos sirve para algo: le da un sentido a nuestra vana existencia”, (pág. 88).

En ese sentido, Kiš proclama que su estirpe forma parte de la misma familia de pueblos europeos que, según su propia tradición judeo-cristiana, bizantina y otomana a la vez, tiene tanto derecho a pertenecer por historia, espacio y relación a la misma mancomunidad cultural. Habla también en uno de estos ensayos, bajo el título de Entre la esperanza y la desesperanza, sobre dos de sus primeras novelas: La buhardilla y Salmo 44, ambas publicadas en 1962. En la primera de ellas, bajo el subtítulo de Poema satírico, esboza una suerte de inventario de pensamientos y fantasías juveniles sobre el más allá, mientras que en la segunda, su propósito literario se convierte en una prosa dramática y documental basada en Auschwitz, pero, en ambos casos, el sentido de la vida es el eje del entramado de cada historia.

Kiš viene a decirnos que escribimos lo que deciden las palabras y el texto, así parece, que ha de llegar al lector quien debe estar convencido de que lo leído tenía que expresarse así, con esas mismas palabras y en ese mismo orden. Para él, escribir literatura enriquece y disipa. Lo mismo que agiganta trozos de la propia existencia, también deja vacíos dentro de uno, como fragmentos de una vida que se interrumpe durante ese largo trayecto que significa vivir y experimentar pensamientos insólitos, complejos y, muchas veces, adversos.

La segunda parte del libro contiene un buen puñado de entrevistas concedidas en Belgrado a distintos medios, entre los años que van desde 1972 a 1980, las cuales nos acercan a la personalidad y al pensamiento del escritor balcánico. En una de ellas, bajo el título Los libros son útiles a pesar de todo, diálogo mantenido con Vida Ognjenoviċ el 3 de junio de 1973, confiesa que “escribir es un acto de desesperación”. Para él, el acto de escribir es la revelación de los verdaderos nombres de las cosas. Nombrar las cosas no es solo el ideal de Sartre, sino de toda la literatura en sí, de la poesía y de la prosa por igual. Le gusta recalcar las palabras del escritor francés, a quien admira profundamente. Escribir, en esencia –recita– no es más que nombrar las cosas, decirlas de cierta manera.

Como señalaba Susan Sontag, gran admiradora de Danilo Kiš, un escritor es en primer lugar un lector. En Homo poeticus encontramos toda la esencia de un lector curtido y despierto que habla y puntualiza sobre la literatura como morada del matiz y de la indocilidad.

El lector exigente que se acerque con curiosidad y lentitud a esta exquisita biografía intelectual saldrá convencido de que no leemos para escapar del mundo, ni para sustituirlo por otro hecho a la medida de nuestros deseos, sino, sencillamente, para ser más reales y entendidos de lo que dicho mundo nos muestra.

martes, 24 de octubre de 2017

Vivir para adentro

La escritura es una trampa mortal para el escritor. Todos los escritores que de verdad lo son, y viven como tales, saben que escribir es un oficio, que para llevarlo a cabo, han de hacerlo con la vida en contra. El confort es, por lo general, ajeno a su trajín cotidiano. Andan solos, con escasez de medios, con la economía ajustada, con las inseguridades propias y, a veces, imprevistas más azarosas, privándose de hacer cualquier otra labor más tentadora o placentera. Y, para colmo, sin tener ninguna garantía de que su tarea llegue a buen puerto. El escritor ni siquiera sabe con certeza si lo que lleva entre manos merece la pena publicarse. La literatura se lo exige todo, le obliga y le aprieta tiránicamente. Este es el precio y las condiciones que hay que aceptar: cuánta vida propia hay que entregar a la literatura y cuánta no. Por lo general, es sabido y notorio, que, a este respecto, el escritor es un rehén que sobrelleva con dificultad su aparente e ilimitada libertad.

A Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 – París, 2014) no le supuso sacrificio alguno entregarse en cuerpo y alma a lo que más amaba, la literatura y Julio Cortázar, y poco le importó ser rehén de las circunstancias y limitaciones que suponían vivir al lado de un escritor tan afamado. Brillante traductora, mujer inteligente y culta, nada de ello le impidió llevar a cabo su intensa labor literaria, en muchos casos, colaborando, incluso, con su esposo en importantes proyectos de traducción al castellano de grandes autores. Junto al autor de Casa Tomada vivió en París aquellos años gloriosos y efervescentes de la vida cultural de la ciudad, entre los años sesenta y setenta del pasado siglo. Inmersa en la literatura, la música y el arte, la compañía del gran cronopio fue, a la postre, tan necesaria como determinante en su vida. Vivió junto a Cortázar gran parte de sus mejores y provechosos años volcada de lleno a las letras y a traducir entre otros a su admirado William Faulkner. Optó vivir a la sombra de su marido, de cuyo legado se hizo cargo a su muerte. Quizá no le resultara fácil llevar a cabo ese papel discreto, pero lo gestionó con orgullo, empeño y destreza, tal vez sintiéndose privilegiada de ser la primera lectora del genial escritor que vivía bajo su mismo techo, un rol fructífero que asumió plenamente y con entusiasmo prolongado, incluso después de su separación matrimonial.

Aun así, Aurora escribiría en secreto y en el anonimato de sus horas más íntimas. Una parte de esos textos escritos, que la traductora fue recopilando a lo largo del tiempo, acaban de salir publicados en Alfaguara hace apenas unos meses. El libro de Aurora (2017) es una feliz idea que se les ocurrió al compositor musical y cineasta francés Philippe Fénelon y a la editora argentina Julia Saltzmann felizmente interesados en que el lector cortazariano conozca también las mimbres literarias de la mujer que más influencia tuvo en la vida del autor de Rayuela y, de paso, descubra notas personales sobre libros, viajes y críticas referidos al universo particular y literario de Cortázar, desvelados por quien mejor lo conocía, como persona y como autor.

El libro de Aurora contiene poesía, fragmentos de diarios suyos, relatos y apuntes de cuadernos de literatura y viajes que ella fue conservando durante muchos años. Fénelon presenta este conjunto de escritos de Bernárdez haciendo su semblanza, destacando su inteligencia y cultura, pero especialmente su capacidad lectora, una tarea precoz y constante en su vida. Le confesaba estar hecha de papel. La conoció en París en la década de los años ochenta y con ella forjó una amistad inquebrantable. Compartió junto a otros amigos vacaciones estivales y periodos apacibles de invierno en la casa que esta tenía en Mallorca. La finalidad de este libro no es otra, según se lee en el prólogo, que “escuchar la voz más personal de Aurora”, a pesar de que ella nunca pretendió publicar sus escritos. En la última parte del volumen, Fénelon incluye una jugosa y extensa entrevista con Aurora filmada en París en 2005, y que, posteriormente, se convertiría en un documental bajo el título de La vuelta al día, un texto intimista que, entre otras cosas, desvela el trabajo entusiasta y corrector que la escritora llevó con mucho celo sobre los borradores que su marido le entregaba a diario.

Estamos ante un libro testimonio que nos acerca a una escritora secreta que vivió más para adentro sus inquietudes literarias que para afuera, que se desentendió, por tanto, de exponerse al público. No estar del todo presente fue siempre una característica suya, y lo expresa muy bien con sus propias palabras: “No estar del todo no quiere decir lo que parece querer decir, o sea, desentenderse, no, no. Es reconocer que hay eso y hay otra cosa siempre”.

Aunque resulta una publicación algo alambicada en su concepción, los textos reunidos poseen un valor histórico-literario encomiable, por lo que se atisba sobre la mujer de letras culta, inteligente y discreta, de mundo interior rico, que fue, además de excelente traductora de Flaubert, Camus, Calvino o Salinger, entre otros muchos, una escritora fronteriza entre la realidad y la imaginación, que apostó por el amor y la literatura en la misma proporción.

El libro de Aurora es una edición póstuma que engrandece la figura y singularidad de su autora y que muestra sus dotes literarias ocultas hasta ahora, arrojando más luz y justicia poética a su vida y a su obra.